“Entre caballitos y sortijas” las calesitas bonaerenses
Pese a que compiten con las nuevas tecnologías y con el paso del tiempo, las calesitas (Carruseles para algunos), son una identidad con cada barrio de la provincia, con cada plaza bonaerense y las generaciones que se criaron en ellas. Estas estructuras giratorias, llenas de luces y música, han sido testigos de innumerables sonrisas y momentos inolvidables.
Abuelos, padres, tíos, hijos. Lazos marcados por historias entre vueltas y vueltas: el ritual de la sortija, el caballito de madera, el ticket para otra ronda. Cada giro es un viaje a la infancia, una reconexión con tiempos más simples y felices.
Muchas veces, estos tipos de entretenimientos siguen en pie porque Don Julio, el calesitero de toda la vida, le pasó el legado a sus hijos, y sus hijos a sus nietos. Estas sucesiones, están impregnadas por la necesidad de que la memoria cultural de cada provincia no muera.
Estos espacios legendarios, que se reinventan con la globalización, los celulares, tablets; tienen la ventaja que prima la imaginación y la socialización colectiva. Los clientes son niños felices, y adultos que vuelven a ser pequeños. En un mundo dominado por la tecnología y la virtualidad, las calesitas ofrecen un respiro.
Facundo, dueño y apasionado de esta profesión, de este modo de vida, nos ayuda a ratificar todo esto. Él tiene 47 años y 34 de ellos dedicando su tiempo a registrar sonrisas entre autitos, animales y canciones de Gabi, Fofo y Miliky. Su calesita está en Plaza Mitre, en Villa Ballester, partido de San Martín.
Comenzó con este oficio cuando tenía apenas 13 años ayudando a Carlos y desde ahí trazó su destino; comprando su primera calesita en el partido de San Andrés, pero que, desde la pandemia, está paralizada.
Fue su mamá, quien se acercó a la calesita que Carlos Pometti tenía en Nueva Pompeya, en CABA, y le dijo que su hijo necesitaba una “changuita” para sobrellevar el verano, porque el mango en la casa no sobraba. Enseguida, el hombre le dijo que sí. “Apenas mi vieja me cuenta que me había conseguido ese trabajo, me dijo: ´Facundo es eso, o te vas a vender helados´” Así que un día primaveral de octubre se acercó a ese mundo que, sin pensarlo, se convertiría en su modo de vida.
Cuenta que Carlos, famoso en el barrio, lo recibió con mucho afecto; que lo primero que le manifestó fue: “este es un trabajo muy lindo, pero los pibes jóvenes no duran mucho porque empiezan las vacaciones y se van”. Sin embargo, Facundo quedó enamorado del oficio y del impacto positivo que tenía en la comunidad.
Esa relación de empleado – jefe, de padre – hijo, amigo – amigo,; duró 15 años y se sumó el vínculo colega – colega. Fue el propio Carlos quien lo incentivó a comprar su primera calesita, la de San Andrés: “vos sabes que si te va mal, que eso no va a pasar, acá podes volver cuando quieras” le repetía constantemente el hombre.
Y así es como comenzó su historia con este mágico mundo. Tanto fue el amor que decidió apostar por adquirir otra, que es la que está vigente en la localidad bonaerense, la de Plaza Mitre.
Reconoce que este trabajo es un sentido de pertenencia, no solo con la plaza del barrio, sino también con quienes lo reconocen en el mercadito de Villa Ballester como “Facundo, el calesitero”.
Según sus palabras, es un empleo distinto a todos: la gente va a dispuesta a divertirse, a conectar con viejas épocas. No se trata solo de un juego mecánico, sino de ser guardianes de recuerdos, de risas compartidas y de tradiciones que pasan de generación en generación.
Agrega que no se arrepiente de haberse arriesgado; pese a que los días feriados y fines de semana tenga que resignar un almuerzo familiar para abrir la calesita; pero “la sonrisa de los pibes” es impagable.
El ritual de cada día comienza temprano. Facundo revisa cada detalle: los caballitos de madera, los autitos y los animalitos deben estar en perfecto estado. Cada boleto que vende, aún en papel, es una promesa de felicidad, una nueva vuelta que trae consigo risas y alegría. Los sonidos de las canciones infantiles llenan el aire, creando una atmósfera mágica que transporta a un lugar donde el tiempo parece detenerse.
Cada niño que sube es una nueva historia que se suma a la larga lista de recuerdos que Facundo atesora. Los adultos que acompañan a los chicos se sumergen en un estado de nostalgia y felicidad, recordando sus propias infancias y disfrutando junto a los más pequeños.
Él destaca el momento de la sortija donde los niños se esfuerzan por alcanzarla, con la esperanza de ganar un boleto para una vuelta extra. "Es increíble cómo algo tan simple puede generar tanta emoción", comenta.
A pesar de los desafíos, él está decidido a mantener viva la calesita. La pandemia fue un golpe duro, pero no logró apagar su espíritu. "Esto no es solo un negocio. Es una parte de la comunidad, un lugar donde todos son uno". La dedicación y el amor por su trabajo son evidentes en cada vuelta, en cada sonrisa que logra arrancar.
Él siempre está agradecido por el apoyo de la comunidad, del barrio. "Sin ellos, esto no sería posible", afirma.
La historia de Facundo y su calesita, como muchos en las localidades bonaerenses, es un testimonio del poder de la perseverancia y de la importancia de las tradiciones. "Mientras haya niños que quieran subirse a la calesita, seguiré aquí", dice con determinación. Y así, con cada vuelta, él continúa escribiendo la historia de su vida; que se entrelaza con la de muchos otros, en un carrusel de recuerdos y felicidad que nunca deja de girar.
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