Colonia Lapin. Un pueblo fundado por 25 familias que cultivaron cooperativismo y resisten al olvido
Alrededor de 100 personas viven en tierras que pertenecieron a la Jewish Colonization Association, a más de 500 kilómetros de la Capital Federal. Un siglo de organización, sincretismo cultural y compromiso comunitario.
Por Pablo Dipierri
Colonia Lapin es fruto de la persistencia. Fundado en 1919 por unas 25 familias que siguieron el consejo del ingeniero agrónomo Eusebio Lapin, ahora es habitado por apenas un puñado de los hijos que portan el linaje de esos colonos judíos que no se rindieron a la aridez de los suelos de la zona.
Según los últimos registros censales, están radicadas en esas tierras poco más de 100 personas, entre los herederos que custodian las rutinas y tradiciones de antaño y los trabajadores que llegaron en las últimas décadas para desempeñarse en los tambos y la fábrica de quesos. Hasta entonces, la actividad económica se basaba en la ganadería y la producción cerealera, pero con un claro enfoque cooperativista.
Situada a 35 kilómetros de la localidad de Rivera, Colonia Lapin cuenta con un centro cultural homónimo, creado en 1946, y su resplandor ilumina las anécdotas de quienes crecieron allí. Sus instalaciones funcionan como teatro, salón de fiestas populares y cine.
Además, los memoriosos se jactan de la escuela rural y la hebrea, como así también de la Biblioteca Juventud Popular Israelita, cuyo surgimiento está fechado igual que la llegada de los primeros moradores.
“Mi papá quedó viviendo ahí pero va y viene del pueblo porque, cuando los chicos terminaban la escuela, las familias tenían que mandarlos a la secundaria y por ahí era mejor mudarse”, explica Carla Goldbek en diálogo con Identidad Bonaerense.
A 105 años de sus albores, el pueblo conserva la mística de sus ancestros y se las ingenia para transmitir su historia desde el centro cultural, donde solían proyectarse películas los fines de semana a mediados de los 70’ y ahora se congregan para celebraciones como la fiesta del knish. Descendiente de los que protagonizaron aquella gesta, Goldbek recuerda que todo comenzó con la llegada de esos inmigrantes a Bernasconi, en la provincia de La Pampa, bajo la recomendación de la Jewish Colonization Association (JCA), entidad que dirigía el propio Lapin.
Sin embargo, esa tierra no era tan pródiga como esperaban los arrojados pioneros y pusieron su atención en unos campos que hasta entonces eran propiedad del empresario y banquero alemán Mauricio Hirsch, ubicados en el actual partido de Adolfo Alsina. Consta en los archivos históricos que el informe de Lapin sobre la calidad del suelo pampeano fue lapidario: “Si con lo que llevan excavado todavía no hallaron agua, es inútil insistir y lo mejor que puede hacerse es sacarlos de aquí”, escribió.
“Primero mandaron a los hombres, se dividieron las tierras en parcelas de 100 hectáreas y se construyeron las casas en los ángulos de esos terrenos para juntar cuatro familias en un punto del campo y fomentar la colaboración”, evoca Goldbek.
Los relatos recogidos por este portal dan cuenta de un alto compromiso de aquellas familias por la vida comunitaria. Mónica Monroy, testigo en su infancia del esplendor de la colonia, menciona que en la década del 20’ “las familias se prestaban las herramientas y tiraban juntas”. “Hay que pensar que la luz llegó a Colonia Lapin recién en 1975”, ilustra.
El orgullo de los lapinenses está en su centro cultural y, sobre todo, en el asociativismo inculcado por la JCA. Durante la pandemia, se organizaron para restaurar el salón, donde solían proyectar hasta dos películas los sábados y los domingos se reunían para debatirlas.
Cada viernes, tal como se resolvía en una asamblea comunitaria, una familia distinta era la encargada de ir a buscar las películas a Bahía Blanca y escogerlas en base a criterios que priorizaban la profundidad de sus contenidos. La devolución de las cintas era encomendada a los mismos que la habían traído y en la semana entrante se rotaba esa responsabilidad.
También la faena y el consumo de carne funcionaban de la misma manera, bajo la cooperativa Granjeros Unidos, y se manejaban con vales. Sin heladeras ni mecanismos de refrigeración modernos, el carnicero iba al campo de quien tuviera que poner un animal cada miércoles o jueves, hacía los cortes y se repartían equitativamente pero al dueño de la vaca le permitían elegir si quería matambre u otra parte.
Monroy se ríe de aquella época. “Mi marido decía que a mi mamá le gustaba hacer estofado pero, en realidad, era que hacía lo que podía con los cortes que le tocaban”, repone en la charla con este medio, y agrega: “A veces, te venía una carne medio dura porque por ahí alguno faenaba una vaca vieja o te metía una holando, que es más fibrosa, pero te tenías que arreglar”.
Tanto Goldbek como Monroy destacan que para lo que necesite Colonia Lapin, el lapinense siempre está. En la fiesta del knish que se realizó en octubre de 2023, se juntaron más de 400 personas aunque se comenta en el pueblo que la llovizna de la jornada amedrentó a unos cuantos y se fueron antes que arrancara el baile. “Igual, en mi época el knish era una guarnición típica para acompañar el pollo en los casamientos pero hoy en día los chicos lo comen así, solo”, lamenta Monroy.
Más allá del bagaje cultural de los lapinenses, su voluntad organizativa es también fruto de la pasión política que también cultivaba la JCA. Lapin había nacido en Rusia en 1859 y llegó a la Argentina en 1893, acaso como ejemplo concreto de la tesis doctoral de Iván Cherjovsky en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. “De la Rusia zarista a la pampa argentina. Memoria e identidad en las colonias de la Jewish Colonization Association”, se intitula ese trabajo.
En una conferencia que el autor de esa investigación brindó en Londres, compilada por la Universidad Nacional de Quilmes, se advierte sobre el conflicto entre los colonos y la JCA. Las familias pensaban en la conveniencia de alquilar sus lotes a terceros pero la asociación consideraba que eso era “especulativo”. “Las cláusulas más resistidas por los colonos también prohibían contratar jornaleros, adelantar el pago de las anualidades, vender o alquilar la chacra a terceros y residir a menos de cinco kilómetros de los parientes más cercanos para evitar la formación de latifundios en el seno de las familias más extensas”, sostuvo Chernajovsky.
Al respecto, explicó que el objetivo de esas restricciones “era favorecer el cumplimiento de los fines de economía moral proyectados por la compañía, consistentes en fomentar las actividades productivas entre las masas judías”, pero aclaró que “Hirsch y los principales funcionarios de la JCA suscribían ideológicamente a la Haskalá, el movimiento político surgido en el siglo XVIII que buscaba modernizar al judaísmo del este europeo apoyando su acceso a actividades económicamente productivas, relacionadas con la industria y la agricultura”.
No obstante, Monroy señala que las condiciones económicas de las familias cambiaron cuando Juan Domingo Perón decidió ir contra los latifundios en 1946 y ofreció créditos para que los inquilinos se convirtieran en propietarios. “A la asociación no le gustó nada porque dejábamos de pagar el alquiler pero, a partir de ahí, muchas familias empezaron a hacer la diferencia, pudieron comprarse un tractor y trabajar de otra manera”, reconoce.
Como sea, el espíritu cooperativo de los fundadores sigue patente. “Ya estamos organizando para el año que viene la fiesta del centenario de la escuela primaria, que se levantó en 1925”, comenta con entusiasmo Monroy y en su voz reverbera la fuerza de un siglo de lazos comunitarios y sincretismo cultural.
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