Identidad Bonaerense

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Villa Gesell: sólo arena que volaba

Myriam Pelazas
Myriam Pelazas
Villa Gesell: sólo arena que volaba
11/04/2024

Los inicios de la afamada villa

En la entrevista más extensa que brindó sobre su vida y los inicios de la afamada villa, en 1973, Carlos Gesell, su fundador, decía que al iniciarse los ’30, en unas vacaciones en Mar del Plata, se percató de que había que buscar nuevos proyectos de desarrollo turístico. Entonces una inmobiliaria le ofreció un enorme “sobrante de tierras fiscales que nadie quería” porque “era sólo arena que volaba”. Durante los años ’80 se transformó en cabecera de partido y fue creciendo junto a sus localidades de Mar de las Pampas, Mar Azul, Las Gaviotas y Colonia Marina, conformando uno de los destinos turísticos preferidos de la costa bonaerense.

Los inicios:

Una imagen tradicional para remitir a un nacimiento es la de una cuna. Carlos Gesell y su hermano fabricaban muebles para bebés y en algunas notas sobre los primeros tiempos de la villa, su fundador decía que uno de sus objetivos iniciales era contar con madera para futuras cunas. Y así, entre nacimientos, futuros, y algunos pesos, compró 1.643 hectáreas con diez kilómetros de tierra barata porque eran dunas estériles. 

Al principio casi nadie lo respaldó en su aventura y por eso contrató a un alemán experto en fijar médanos que al cabo de dos años se rindió. Pero ni Gesell, ni su esposa Emilia, desistieron. Junto a sus seis hijos pequeños construyeron y habitaron una casa en la playa y sembraron las primeras semillas de lo que terminaría siendo un grandioso bosque. Empezaban a domar los remolinos de arena mientras el país vivía su famosa década infame. 

Esa vivienda primera data del 14 de diciembre de 1931, y hoy es el Museo y Archivo Histórico municipal, la “casa de las cuatro puertas” que mira a cada punto cardinal y que había sido pensada y aislada minuciosamente, con materiales reciclables. Luego, Gesell construyó otra, la de sus ayudantes, que también fueron los artífices de la proeza.

La odisea que atravesaba Carlos Gesell para llegar a “su tierra” 

“Había que tomar el tren con coche dormitorio de los antiguos ferrocarriles ingleses hasta la estación Juancho. De allí ir en auto a campo traviesa hasta «Tokio» Ese era un lugar donde se habían alojado obreros japoneses contratados por una compañía belga que, en 1909, comenzó a urbanizar el balneario Ostende. Pero abandonaron la empresa al no poder dominar las arenas voladoras. En «Tokio» cambiábamos a un carro tirado por cuatro caballos, y después de unos cuatro penosos kilómetros a través de los médanos, llegábamos al abandonado Ostende. Allí mudábamos los caballos y continuábamos el viaje por la playa hasta unos veinte kilómetros al sur: ésa era mi tierra. (Juan Provéndola, “En esta soledad, yo inventé Villa Gesell”, Revista Gente, 20/12/73)

La primera temporada:

Emilio Stark fue el primer inquilino atraído por un aviso publicado en 1941 en el diario La Prensa que decía «Casita solitaria al borde del mar se alquila por 10 días, 100 pesos». Tras una década había ya varios árboles entre esas increíbles dunas y “La Golondrina” resultó ser una morada tan agradable que Stark se enamoró y decidió comprar una parte del terreno. Después vino el boca a boca que hizo que, de a poco, durante los ’40 y los ’50, se fueran instalando los primeros pobladores en busca de la belleza y tranquilidad que ofrecía aquel lugar.

Carlos Gesell ya no pensaba en madera para cunas, ni formaba parte de la antigua sociedad comercial con su hermano, sino que ponía todo su tesón en dar más pujanza a su emprendimiento que crecía en tanto que para 1943 ya había un camino consolidado desde la ruta provincial Nro 11. En esos días se abría el primer hotel y algunas hosterías.

Los loteos al principio eran de una hectárea, crecían como si fueran quintas en torno del Boulevard Silvio Gesell (en homenaje a su padre, un famoso economista alemán) o de la Avenida de Circunvalación. Esa zona por eso lleva el nombre de “Camino de los Pioneros”

Los ’60 y 70:

Si en los ’50 llegó a ser el balneario “más europeo” de la costa bonaerense, con mujeres que se atrevían a estrenar bikinis; en los 60 y en los primeros 70, la villa empezó a identificarse como la playa hippie, del amor y la paz. Entonces se transformó en territorio de juventudes rockeras; muchachos de pelo largo y chicas que usaban minis y maxifaldas; gentes coloridas que hacían música y artesanías y se enfrentaban a una sociedad en la que los golpes de estado y las democracias restringidas parecían ser lo corriente. Como eran antisistema cuadraban bien con un espacio serpenteante, alejado a la cuadrícula de la mayoría de las ciudades. El barrio Norte, que rodea el bosque ya contaba con sus alamedas y calles arboladas y la Avenida 3 empezaba a ser un poquito lo que tantos años después se reconoce como un importante centro comercial y pasarela de multitudes de adolescentes que vienen y van. 

En esos años 70 también se desarrolló la zona sur y poco tiempo después, Villa Gesell se consagra municipio urbano, dejando de pertenecer al partido de General Madariaga. 

Los escritores y el mar.

Una famosa canción proclama que el infierno puede ser encantador y, según uno de sus ilustres moradores, la encantadora villa también supo ser un infierno. En Cámara Gesell, Guillermo Saccomanno escudriña sus lados oscuros, unos cuantos años antes de que las cámaras de tv se encaramaran en la 3 en torno al fatídico asesinato de Fernando Báez Sosa. Pero también Gesell fue la tierra y el pedazo de mar que prolongó la vida de Juan Forn, quien a principio de siglo desde sus paisajes escribió algunas de las más preciosas contratapas de Página/12 y que, como director de Radar, hizo refulgir el suplemento literario de ese diario.

Empero, más allá de estas plumas ilustres, Villa Gesell se reconoce como “cuna artística” de diversos talentos que brillan entre los médanos y la espuma salada de sus playas. 

Todo lo bueno, no sólo en verano: 

Agregamos una coda al lema de Villa Gesell porque en ella siempre hay algo para disfrutar. En estos días, se está por celebrar la 4ta. Pascua en el Bosque, una propuesta de la Municipalidad que gratuitamente reúne increíbles huevos de chocolate, deliciosas roscas y hermosas artesanías, juegos y actividades culturales en el Pinar del Norte (Calle 303 y Alameda 202). Y en octubre, por caso, se conmemora la Fiesta Nacional de la Diversidad Cultural en la que parte de su numerosa comunidad española cocina una “gran paella de la amistad”. El plato requiere más de 300 litros de caldo, 200 kilos de mariscos, mejillones y langostinos frescos, 300 kilos de pollo, 130 kilos de arroz, 35 litros de aceite, media ristra de ajo, 50 kilos de morrones y varias latas de arvejas y de puré de tomate. Todos los ingredientes se funden en una experiencia exquisita que cada año deleita a cientos y cientos de visitantes y que encuentran en ello otra manera de disfrutar Villa Gesell.

Myriam Pelazas